miércoles, 21 de noviembre de 2018

NOVENA DE LA SANTA NAVIDAD. LA PASIÓN DE NUEVE MESES QUE JESÚS SUFRIÓ EN EL SENO DE SU MADRE SANTÍSIMA. ORACIONES



INICIO DE LA NARRACIÓN







En una Novena de la Santa Navidad, a la edad de
diecisiete años me preparé para la fiesta de la Santa Navidad practicando diferentes actos de virtud y mortificación, honrando especialmente los nueve meses que Jesús estuvo en el seno materno con nueve horas de meditación al día, referentes siempre al misterio de la Encarnación. 


Por la señal de la Santa Cruz †


En el nombre del Padre y del Hijo y del Espiritu Santo.



 INVOCACIÓN A LOS SANTOS ÁNGELES 

EN LA DIVINA VOLUNTAD


Venid Santos Ángeles, tocad la frente de quienes leen los escritos de la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, para sellar en sus frentes el Espíritu Santo, y así infundir en ellos la luz para que puedan comprender las verdades y el bien que estos escritos contienen.


Luz de la sabiduría eterna, revélanos el gran misterio de Dios Padre y del Hijo unidos en un solo amor. Amén


ORACIÓN INICIAL


Oh buen Jesús, te damos gracias porque nos llamas a la unión contigo por medio de la oración. Te pedimos nos concedas la gracia de tu Espíritu, y la compañía de Maria nuestra Madre para orar como conviene. Queremos unirnos a Ti y en tu adorable Voluntad rezar esta Santa Novena.


Haz que meditemos, conservando amorosamente en nuestro corazón, el infinito tesoro de tu Vida, de todos tus actos y los de nuestra Madre Celestial, al acompañarte en estas Horas.


Queremos sellar todos tus actos con nuestro pequeño “Te amo, te adoro, te bendigo, te agradezco, por mí y por todos” de modo que en todos ellos encuentres nuestra amorosa compañía, y hecho esto, es nuestra intención pedir a Dios nuestro Padre junto contigo, con nuestra Madre del Cielo, con todos los Ángeles y santos y con toda la Creación, que “Venga tu Reino, y que tu Voluntad se haga en la tierra como en el Cielo”. 

Amén


ACTO DE CONTRICIÓN


Dios mío, perdóname; yo tuve la osadía de ofenderte y de rebelarme contra ti, en el mismo instante en que tú me amabas.


Me arrepiento de todo Corazón de haberte ofendido.


Te ruego, te suplico que me concedas tu amargura, a fin de poder dolerme con ese mismo dolor con el que tú te doliste por mis pecados; dolor tan grande e intenso que te hizo sudar sangre.


Madre Celestial, alcánzame de tu Jesús  el suspirado perdón.


Yo propongo y prometo del modo más enérgico y absoluto nunca mas volver a pecar. Amén.


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ORACIÓN


Virgen y Madre María,

tú que, movida por el Espíritu,

acogiste al Verbo de la vida

en la profundidad de tu humilde fe,

totalmente entregada al Eterno,

ayúdanos a decir nuestro «sí»

ante la urgencia, más imperiosa que nunca,

de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.


(de Evangelii Gaudium de Papa Francisco)


ORACIÓN FINAL


Dulce Jesús mío, unido estrechamente a ti quiero darte el testimonio de mi amor, de mi agradecimiento y de todo lo que la criatura tiene el deber de hacer para contigo, por haber tú creado a nuestra Reina y Madre Inmaculada; la más bella, la más santa, un portento de la gracia, por haberla enriquecido de todos los dones y también por haberla hecho Madre nuestra.


Esto lo hago a nombre de todas las criaturas pasadas, presentes y futuras; quiero tomar cada acto de criatura, cada palabra, cada pensamiento, cada latido y cada paso, y en cada uno de ellos decirte que te amo, te doy gracias, te bendigo, te adoro, por todo lo que has obrado en mi Madre Celestial y Madre tuya.


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espiritu Santo. Amen.


En la Voluntad de Dios, siempre.


Conclusión de la Novena


Y así pasaba la segunda hora del día, y después, poco a poco el resto, que decirlo todo sería aburrir. Y esto lo hacía a veces de rodillas y cuando era impedida a hacerlo por la familia, lo hacía aun trabajando, porque la voz interna no me daba ni tregua ni paz si no hacía lo que quería, así que el trabajo no me era impedimento para hacer lo que debía hacer. Así pasé los días de la novena; cuando llegó la víspera me sentía más que nunca encendida por un insólito fervor, estaba sola en la recámara cuando se me presenta delante el niño Jesús, todo bello, sí, pero titiritando, en actitud de quererme abrazar, yo me levanté y corrí para abrazarlo, pero en el momento en que iba a estrecharlo desapareció, esto se repitió tres veces. 


Quedé tan conmovida y encendida de amor, que no sé explicarlo; pero después de algún tiempo no lo tomé más en cuenta y no se lo dije a nadie; de vez en cuando caía en las acostumbradas faltas. La voz interna no me dejó nunca más, en cada cosa me reprendía, me corregía, me animaba, en una palabra, el Señor hizo conmigo como un buen padre con un hijo que tiende a desviarse, y él usa todas las diligencias, los cuidados para mantenerlo en el recto camino, de modo de formar de él su honor, su gloria, su corona. Pero, ¡oh! Señor, demasiado ingrata te he sido.



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