En una
Novena de la Santa Navidad, a la edad de
diecisiete años me preparé para la fiesta de la Santa Navidad practicando diferentes actos de virtud y mortificación, honrando especialmente los nueve meses que Jesús estuvo en el seno materno con nueve horas de meditación al día, referentes siempre al misterio de la Encarnación.
diecisiete años me preparé para la fiesta de la Santa Navidad practicando diferentes actos de virtud y mortificación, honrando especialmente los nueve meses que Jesús estuvo en el seno materno con nueve horas de meditación al día, referentes siempre al misterio de la Encarnación.
Por la
señal de la Santa Cruz †
En el
nombre del Padre y del Hijo y del Espiritu Santo.
EN LA
DIVINA VOLUNTAD
Venid
Santos Ángeles, tocad la frente de quienes leen los escritos de la Sierva de
Dios Luisa Piccarreta, para sellar en sus frentes el Espíritu Santo, y así
infundir en ellos la luz para que puedan comprender las verdades y el bien que
estos escritos contienen.
Luz de la sabiduría
eterna, revélanos el gran misterio de Dios Padre y del Hijo unidos en un solo
amor. Amén
ORACIÓN
INICIAL
Oh buen
Jesús, te damos gracias porque nos llamas a la unión contigo por medio de la
oración. Te pedimos nos concedas la gracia de tu Espíritu, y la compañía de
Maria nuestra Madre para orar como conviene. Queremos unirnos a Ti y en tu
adorable Voluntad rezar esta Santa Novena.
Haz que
meditemos, conservando amorosamente en nuestro corazón, el infinito tesoro de
tu Vida, de todos tus actos y los de nuestra Madre Celestial, al acompañarte en
estas Horas.
Queremos
sellar todos tus actos con nuestro pequeño “Te amo, te adoro, te bendigo, te
agradezco, por mí y por todos” de modo que en todos ellos encuentres nuestra
amorosa compañía, y hecho esto, es nuestra intención pedir a Dios nuestro Padre
junto contigo, con nuestra Madre del Cielo, con todos los Ángeles y santos y
con toda la Creación, que “Venga tu Reino, y que tu Voluntad se haga en la
tierra como en el Cielo”.
Amén
ACTO DE
CONTRICIÓN
Dios mío,
perdóname; yo tuve la osadía de ofenderte y de rebelarme contra ti, en el mismo
instante en que tú me amabas.
Me
arrepiento de todo Corazón de haberte ofendido.
Te ruego,
te suplico que me concedas tu amargura, a fin de poder dolerme con ese mismo
dolor con el que tú te doliste por mis pecados; dolor tan grande e intenso que
te hizo sudar sangre.
Madre
Celestial, alcánzame de tu Jesús el suspirado perdón.
Yo propongo
y prometo del modo más enérgico y absoluto nunca mas volver a pecar. Amén.
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ORACIÓN
Virgen y
Madre María,
tú que,
movida por el Espíritu,
acogiste al
Verbo de la vida
en la
profundidad de tu humilde fe,
totalmente
entregada al Eterno,
ayúdanos a
decir nuestro «sí»
ante la
urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer
resonar la Buena Noticia de Jesús.
(de
Evangelii Gaudium de Papa Francisco)
ORACIÓN
FINAL
Dulce Jesús
mío, unido estrechamente a ti quiero darte el testimonio de mi amor, de mi
agradecimiento y de todo lo que la criatura tiene el deber de hacer para
contigo, por haber tú creado a nuestra Reina y Madre Inmaculada; la más bella,
la más santa, un portento de la gracia, por haberla enriquecido de todos los
dones y también por haberla hecho Madre nuestra.
Esto lo
hago a nombre de todas las criaturas pasadas, presentes y futuras; quiero tomar
cada acto de criatura, cada palabra, cada pensamiento, cada latido y cada paso,
y en cada uno de ellos decirte que te amo, te doy gracias, te bendigo, te
adoro, por todo lo que has obrado en mi Madre Celestial y Madre tuya.
En el
nombre del Padre, del Hijo y del Espiritu Santo. Amen.
En la
Voluntad de Dios, siempre.
Conclusión
de la Novena
Y así pasaba
la segunda hora del día, y después, poco a poco el resto, que decirlo todo
sería aburrir. Y esto lo hacía a veces de rodillas y cuando era impedida a
hacerlo por la familia, lo hacía aun trabajando, porque la voz interna no me
daba ni tregua ni paz si no hacía lo que quería, así que el trabajo no me era
impedimento para hacer lo que debía hacer. Así pasé los días de la novena;
cuando llegó la víspera me sentía más que nunca encendida por un insólito
fervor, estaba sola en la recámara cuando se me presenta delante el niño Jesús,
todo bello, sí, pero titiritando, en actitud de quererme abrazar, yo me levanté
y corrí para abrazarlo, pero en el momento en que iba a estrecharlo
desapareció, esto se repitió tres veces.
Quedé tan
conmovida y encendida de amor, que no sé explicarlo; pero después de algún
tiempo no lo tomé más en cuenta y no se lo dije a nadie; de vez en cuando caía
en las acostumbradas faltas. La voz interna no me dejó nunca más, en cada cosa
me reprendía, me corregía, me animaba, en una palabra, el Señor hizo conmigo
como un buen padre con un hijo que tiende a desviarse, y él usa todas las
diligencias, los cuidados para mantenerlo en el recto camino, de modo de formar
de él su honor, su gloria, su corona. Pero, ¡oh! Señor, demasiado ingrata te he
sido.



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