El Amor
no correspondido y herido por la ingratitud de las criaturas.
La voz
interior continuaba:
"Hija
mía, no me dejes solo en tanta soledad y en tanta oscuridad, no salgas del seno
de mi Mamá para que veas el séptimo exceso de mi Amor. Escúchame, en el seno de
mi Padre Celestial Yo era plenamente feliz, no había bien que no poseyera,
alegría, felicidad, todo estaba a mi disposición; los ángeles reverentes me
adoraban y estaban a mis órdenes. Ah, el exceso de mi Amor, podría decir que me
hizo cambiar fortuna, me restringió en esta tétrica prisión, me despojó de
todas mis alegrías, felicidad y bienes para vestirme con todas las
infelicidades de las criaturas, y todo esto para hacer el cambio, para dar a
ellas mi fortuna, mis alegrías y mi felicidad eterna. Pero esto habría
sido nada si no hubiera encontrado en ellas suma ingratitud y obstinada
perfidia.
Oh, cómo mi
Amor eterno quedó sorprendido ante tanta ingratitud y lloró la obstinación y
perfidia del hombre. La ingratitud fue la espina más punzante que me traspasó
el corazón desde mi concepción hasta el último instante de mi vida, hasta mi
muerte. Mira mi corazoncito, está herido y gotea sangre. ¡Qué pena! ¡Qué dolor
siento! Hija mía, no seas ingrata; la ingratitud es la pena más dura para tu
Jesús, es cerrarme en la cara las puertas para dejarme afuera, aterido de frío.
Pero ante tanta ingratitud mi Amor no se detuvo y se puso en actitud de amor
suplicante, orante, gimiente y mendigante, y este es el octavo exceso de mi
Amor."
MEDITACIÓN
Y ORACIÓN DEL SÉPTIMO EXCESO DE AMOR
La
Crucifixión
Padre
Santo, mírame, aquí estoy, cargado de todos los pecados del mundo; no hay culpa
que no recaiga sobre mí. Por eso, ya no descargues sobre los hombre los
flagelos de tu divina justicia, sino sobre mí, tu Hijo, Padre mío, detén tu
furor contra la pobre humanidad; están ciegos y no saben lo que hacen.
Por eso,
obsérvame bien y mira cómo he quedado reducido. Si no te mueves a compasión por
la mísera humanidad, que te enternezca al menos mi rostro cubierto de
salivazos y sangre, amoratado e hinchado por tantas bofetadas y golpes
recibidos.
¡Piedad,
Padre mío! Yo era el más bello de los hijos de los hombres, y ahora estoy tan
desfigurado que no me reconozco, me he convertido en el último de todos los
hombres. Por eso, ¡a cualquier precio quiero salvar a la criatura!
¡Mujer, he
ahí a tu hijo!
¡He ahí a
tu Madre!
¡Padre, en tus manos entrego mi espíritu!
1 Padre
Nuestro, Diez “Ave Maria” y Gloria
JACULATORIA:
Jesús mío,
ábreme el corazón y enciérrate en él
para que
sienta más Tu Vida que la mía.
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